La ciudad había caído en un hueco sin fin. Los negocios de armas agotaron su stock, por eso ya no quedaban ni escopetas, ni metralladoras, ni revólveres o pistolas.

Como si hubiera salido de un siniestro cuento infantil del cual ya nadie creía, el anuncio de su llegada se tornó oficial por el gobierno de turno. El equipo de máxima seguridad ya estaba preparado, la orden a seguir era simple: asesinarlo.

Nadie sabía desde dónde venía. Las cámaras de una chacra pudieron captarlo comiendo una vaca. Esa fue la pista certera que encendió las alarmas.

El unicornio de tres cabezas ya no era ese personaje de ficción tierno y ameno. Su llegada al mundo real lo había transformado en un monstruo. Sin embargo, algunos osados le otorgaban a cada cabeza un estatuto definido: la cabeza número uno correspondía al colonialismo, la cabeza dos al capitalismo, y la tres al paternalismo. Tres cabezas sin piedad esperando devorarse a quien se le ponga en frente.

Pero más allá de las especulaciones, el peligro estaba latente. Solo de imaginar su llegada a la ciudad se despertaba un pánico general. Las noches cada más vez frías hacían de la espera un espinoso refugio.

Entre tanto, no tardaron en vallar la ciudad. Pero la capacidad de salto del unicornio pudo atravezarlas. Sin embargo, se encendieron los mecanismos de detección y el unicornio fue acorralado con luces. Ya lo estaban esperando…Su última mirada fue la señal de un asesinato a primera vista.

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