Darcy Ribeiro: “Educar a los colonizados”

Cuando entré a su despacho, el poco formal vicegobernador y secretario de Cultura del Estado de Río de Janeiro, doctor Darcy Ribeiro, reía a carcajadas con su secretaria. Quiso explicar de qué reía, pero entre las risas y el portugués, hablado a increíble velocidad, era imposible entenderlo.

Ah, doctor Darcy, ¿usted no creerá que va a hablar en portugués? Para algo vivió gran parte de su exilio en el Río de la Plata. 

-iPero usted no cree que yo hablo español! Cualquiera sabe que es apenas portuñol, más difícil de entender que el portugués. Y además, luego de años de no hablarlo. Es una ofensa para esa lengua hablarla tan mal. 

No se preocupe, en la nota yo diré «él hablaba un español fluido, riquísimo». 

-Así acepto. Y ahora, cuénteme quién se ha muerto en el Uruguay, y cuénteme también quién ha salido, quién ha debido salir por la dictadura y quién ha vuelto. 

Traté de recordar y contárselo. Pero nada le alcanzaba. Siempre se acordaba de algún otro intelectual.»Aquél que era un gran profesor de Historia”, «Aquél que escribía novelas y usaba boina”, «¿Y Onetti? Cuénteme de Onetti». El tiempo pasaba y Darcy seguía preguntando, en lugar de ubicarse en el lugar del que responde. Al cabo de 20 minutos miró su reloj y dijo: »Me parece que sólo nos quedan 1 O minutos».

Si dentro de 10 minutos da por terminada la entrevista, diré cosas horribles de su español. 

-Está bien, está bien, empiece. Pero primero tomemos un café -dijo, y así tomamos el primer café de la tarde.

Me gustaría que trazara, rápidamente, su biografía. Marcando los hechos más importantes de su vida. 

-Primero yo nací, hecho que es importante para mi vida. Y mi madre fue una mujer importante. En el pueblito donde nací, una avenida lleva su nombre. La gente va a veces y golpea en su casa, porque quieren ver la cara de la mujer que le dio nombre a la Avenida. Ella tiene 94 años y asoma su rostro sonriente para conformar al curioso. Y no se molesta nada por esto, queda muy contenta de que quieran conocerla.

¿Y por qué le pusieron su nombre a una avenida? 

-Ella siempre, hasta que fue muy viejita, alfabetizó niños. Tiene una habilidad innata, increíble para esto. Yo digo que como alguien nace con buen oído para la música, ella nació con la capacidad para alfabetizar. Bueno, y así fue que en lugar de ponerle el nombre de algún gran señor cualquiera, le pusieron el nombre de la maestra más conocida: Josefina Augusta María Da Silveira Ribeiro. Pero lo gracioso es que no pusieron todo este nombre, sino «Avenida Maestra Fininha».

¿Cuál es el nombre de esta ciudad de que me habla? 

-Es Montes Claros, una ciudad que está al norte de Minas Gerais. Allí pasé mi infancia, en esta ciudad que tenía 3 o 4 mil habitantes. Ahora tiene doscientos mil. Actualmente esa ciudad, tal como era, sólo existe dentro mío. Yo me acuesto a veces y la pongo a funcionar dentro del pecho y vuelvo a ver cómo fue feliz allí mi infancia. Pero ya no hay nada de lo que yo conocí. Sólo la vieja casa de mi madre, con su pequeño jardín y sus plantas antiguas. Allí yo soy muy conocido, pero no por las cosas que soy conocido en otros lugares, sino porque siendo un niño, un amigo y yo pintamos el agua del río con azul de metileno. Me conocen, entonces por «el que pintó el río de azul».

Tuvo, se ve, una buena infancia. 

-A mí me divirtió mucho ser niño, pero no fue lo mismo en la adolescencia. En un momento empecé a pensar que yo no había pedido nacer y que debía decidir si quería vivir. Finalmente decidí que no, que no valía la pena y quise suicidarme, pero me salvaron. Ese fue mi segundo nacimiento, también importante para mí. Todo esto lo recuerdo muy bien porque yo escribía un diario. Recuerdo que algunas veces hice ruleta rusa. Pero tuve suerte, ahora no me perdonaría si me hubiera muerto. Creo que lo que me tenía peor era que no sabía bien a qué quería dedicarme. Medicina, filosofía. Finalmente me fui a San Pablo y me puse a estudiar ciencias sociales.

Quiere decir que no fue antropología, concretamente. Es como antropólogo que se lo conoce.

-¿Como novelista no?

No, ni siquiera en Monte Claro. 

-¿En serio, en la Argentina no me conocen como novelista? 

Yo creo que no. Pero no se lo aseguro. 

– Mi vanidad se resiente. Bueno, de allí, de esa facultad, yo salí sociólogo, psicólogo, historiador, cualquier cosa de ésas, pero lo que quería era ser antropólogo. Entonces me fui a vivir en medio de una tribu indígena para hacer estudios de campo. Pero no durante seis meses o un año. Fui allí y me quedé 10 años. A medida que el tiempo fue pasando yo empecé a interesarme por el destino de los indígenas y no por lo que tienen de diferente -dijo. (Pidió otro café que bebió de un solo trago.)

¿Por qué por el destino? 

-Por el destino como drama, por el dolor de ser indígena, y también por el goce, ya que ellos conciben la vida como gozosa. Piensan que la divinidad a veces entra en el cuerpo de los individuos para ver el color amarillo, o para sentir el gusto de la sal o para sentir el placer del amor. Porque Dios precisa el cuerpo de un hombre para hacer el amor.

¿No tienen el sentimiento del pecado de la carne? 

-No, no, ellos tienen una carnalidad en la concepción de la vida que está en total contraste con la maldición judaico-cristiana en que todo es pecado. Bueno… y a mí, me encantaba mucho todo esto. Todavía hoy no sé por qué, a mí, los indios me encantaron tanto.

Me parece que no es tan difícil saber por qué le encantaban. Por todo lo que acaba de decir, usted tiene rostro de cualquier cosa menos de asceta. 

-Sí, sí, eso puede ser, pero también me encantaba, y de esto me di cuenta mucho más tarde, la dignidad y la belleza de una sociedad humana que no pasó nunca por la sociedad de clases, una sociedad donde no hay sometedores y sometidos. Cualquier mujer indígena encontraba que era igual a mí y que podía desposarme. Y cualquier hombre creía que su cabeza era tan buena como la mía y conversaba conmigo como podría conversar un intelectual. Jamás un campesino haría esto, o un obrero. Un obrero sabe que no sabe, está resignado a no saber. Y también sabe que los doctores saben. El indígena usa su cabeza totalmente, con total libertad.

Sin ninguna vergüenza. 

-Sin vergüenza y con una enorme curiosidad. Por ejemplo, me preguntaban «¿quién es el dueño del acero?», «¿quién es el dueño de los fósforos?». Ese es un problema sobre el que quieren conversar y piensan que su cabeza es buena para saber. Yo creo que pasé con ellos los mejores años de mi vida, de los veintitantos a los treintitantos. Escribí varios libros.

A partir de los cuales vino su reputación internacional. 

– Sí porque publiqué muchas cosas afuera. Después de esto me metí a estudiar educación. Tenía un amigo, un gran profesor que me decía» ¿cómo puede ser que un hombre inteligente ocupe su tiempo estudiando los indios que apenas alcanzan a un cero, cero, cero o uno por ciento de la población de Brasil. Yo no estaba de acuerdo con esto, pero, de cualquier modo me entusiasmó la educación y por eso me puse a estudiar.

Usted estuvo en Brasilia ejerciendo un alto cargo en educación. 

-Sí, fue en la época de Juscelino Kubitschek. Juscelino era un hombre totalmente loco, y por suerte lo era pues sólo él fue capaz de llamar a Oscar Niemeyer y a Lucio Costa para hacer la arquitectura de Brasilia, y esto salvó a Brasilia. Si a Brasilia la hubiera mandado hacer Dutra no quiero saber qué hubieran hecho. Era tan loco Juscelino que cuando se trató de hacer la Universidad de Brasilia, en lugar de llamar al rector de la Universidad de Brasil me llamó a mí, que era un intelectual contestatario. Entonces yo elegí 100 personas con las cuales empezamos a pensar la antiuniversidad.

Eso era a fines de la década del ’50. 

-Sí, no era en 1968, que habría sido más entendible, era en 1958. Yo sabía que no queda hacer una Sorbona, ni Oxford. Yo quería hacer otra cosa, una universidad que no fuera el resultado del desarrollo del país sino semilla para promover el desarrollo. Y esta fue una gran aventura, tal vez una de las más grandes en la historia de la cultura brasileña. Pensar esa universidad junto a las 100 cabezas privilegiadas. Fue como un sueño fantástico, intentar reinventarla desde la raíz.

Usted tuvo también un alto cargo junto Goulart, durante su presidencia

-Sí, yo fui luego, con Goulart, durante todo su gobierno, jefe de la Casa Civil. Este es un cargo parecido al de primer ministro, ya que es quién coordina los ministerios. Es el hombre de total confianza del presidente, el que ejecuta la política del presidente. Yo fui durante este gobierno el que debía poner en marcha una reforma agraria y promover leyes para el contralor de las multinacionales.  

Pero Goulart cayó. ¿Cuál es su versión de la caída de Goulart? 

-El gobierno fue derrocado en razón de estas dos cosas de que le hablaba. Se dijo que el gobierno de Goulart cayó por sus defectos, entre los cuales estaba yo como segundo hombre de su gobierno. Pero esto no es verdad. El gobierno de Goulart fue derrocado por una conspiración nacida en Washington con sobornos a generales de aquí, con tropas y flotas americanas mandadas aquí. El primer gobierno desestabilizado de América Latina fue el de Goulart, porque era una amenaza para los latifundistas internos y para las multinacionales. Derrocado el gobierno yo salí para el exilio en Uruguay.

Cuénteme un poco de esa etapa, del exilio. 

-Fue una etapa muy curiosa. Los primeros seis meses los pasé desesperado. Me leí todos los libros de ciencia ficción que había en Montevideo. Leía uno o dos por día. Leía día y noche. La ciencia ficción es la cosa más loca, más abierta que uno puede leer es imposible descubrir el final en la mitad de la novela como pasa en las policiales.

Porque no tienen una lógica estricta, son la libertad total. 

– Sí, eso es. Bueno, no era sólo leer. También necesitaba ganarme la vida. Y eso no es nada fácil para un exiliado; tal vez los que no lo pasan no lo imaginan. Es algo verdaderamente difícil, pero yo tuve una gran suerte. Hacía una semana que estaba y vino el rector a verme el doctor Cassinoni. «Pero cómo no me busca, me dijo, tengo yo que venir a verlo. Está contratado». Y así fue que empecé a trabajar en la Universidad. Empecé a dar cursos de antropología en la Facultad de Humanidades. Yo estaba maravillado por el silencio en que me escuchaban aquellos 100 estudiantes. Hasta que un día un estudiante me dijo que si perdían una palabra no entendían nada. Yo reí mucho. ¿Otro café?

Bueno. ¿Por dónde entró a Uruguay? 

– Por el norte, por la frontera de tierra. Llegamos a un lugar de aguas termales llamado Arapuní, o algo parecido.

Arapey. 

-Sí. Entonces, apenas bajamos del auto llegó un sargento, un poco violento. Creía que éramos contrabandistas. Yo le expliqué que no, que yo era un hombre del gobierno brasileño y que estaba pidiendo asilo, protección. El sargento entonces nos pidió que esperáramos un momento, fue hasta su casa, vistió su uniforme, se colocó la espada volvió y nos dijo que de inmediato comunicaría al gobierno que llegaba gente de Brasil pidiendo amparo a la patria uruguaya. Yo querría transmitirle con el orgullo que hizo todo esto.  «Uruguay es refugio para todos los perseguidos políticos de América», nos dijo. Yo nunca había visto un sargento con espada, pero él se la puso porque era un momento de mostrar toda la dignidad del cargo. Era aquel momento tan lindo de «Uruguay, Suiza de América», tierra donde los salvajes brasileños y argentinos caían ahí, perseguidos.

Yo recuerdo que estudiantes brasileños refugiados en el Uruguay recibían una pequeña beca deI gobierno que les permitía vivir modestamente y estudiar.

-Tiempo después, me encargaron que formara un seminario para estudiar una reforma a fondo de la Universidad. De ahí surgió el proyecto Maggiolo de reestructuración de la Universidad. Durante un largo tiempo, años, cien intelectuales uruguayos y yo estudiamos el problema. El proyecto que salió, creo que fue de verdad muy bueno.

¿Mientras tanto qué había pasado con su pasión por la ciencia ficción? 

-Después de aquella loca lectura del comienzo, empecé a reorganizarme. El trabajo hace que uno se organice. Empecé a pensar que debía usar el tiempo que me quedaba, para realizar una tarea muy necesaria: tenía que buscar explicarme nuestro fracaso. Empecé a escribir entonces, un libro sobre Brasil, a partir de un interrogante ¿por qué todos nuestros intentos por mejorar Brasil en los planos económico, político y etcéteras fracasaban? En este intento fui bastante a fondo en el problema. El resultado fue un libro de 400 páginas.

¿Cuál era la causa de los fracasos? 

-Usted no va a pensar que le voy a resumir 400 páginas. Lo que sé es que, luego, ese libro me pareció tan inútil como muchos otros, pues lo que había que hacer era elaborar una teoría. Empecé entonces a escribir esta teoría, cosa que pude hacer gracias a que tenía la Biblioteca Pública de Uruguay. La Biblioteca Municipal, por ejemplo, es fantástica. Estudié años allí. Escribí varios libros. El primero fue «El proceso civilizatorio», un libro bastante ambicioso cuya primera edición publiqué en Norteamérica. Escribí también un libro sobre la historia europea, pero vista desde un punto de vista latinoamericano.

Ese libro tuvo un gran éxito de público. Ha sido editado muchísimas veces. 

-Sí, hoy tiene 20 ediciones. La segunda edición fue hecha en Buenos Aires. Luego escribí otro en el que trato de explicar por qué se diferenciaron entre sí los pueblos latinoamericanos. Luego que lo dije, mi teoría pareció obvia. Por eso yo llamo a este libro «el huevo de Colón».

Es una teoría que habla de pueblos autóctonos y trasplantados. 

-Eso es. AIIí se analizan las causas del desarrollo desigual de los pueblos americanos. Todo eso escribí allá, durante el exilio.

¿No tiene también un libro sobre las estructuras de poder en América Latina? 

-Sí, también. Pero en este momento estoy con ganas de reescribirlo y decir lo contrario.

Quiere decir que aprovechó el exilio como si se tratara de años sabáticos. 

-Sí, la obra más copiosa hecha por mí, la hice en esos años de exilio en Uruguay. Son más de 3.000 páginas. Pero ocurrió que Uruguay empezó a cambiar. Se empezó a decir y a discutir que el Uruguay era un país inviable. En esos años empezó la crisis que conocemos hoy. La gente empezó a irse a los lugares más raros, Australia, Canadá, y cundió un gran desánimo. La situación económica estaba cada vez más difícil. Aparecieron los tupamaros. Y ahí empezamos a percibir que las hazañas de los tupamaros no daban revolución sino sólo eso, hazañas. Nosotros veíamos que por ese camino no se arribaría a nada.

¿Quién es «nosotros»? 

-Algunos exiliados brasileños y yo. 

Usted me está hablando del ’68, 69, 70. Ahí ya el gobierno uruguayo se estaba poniendo muy duro. La situación de los exiliados no era la misma. 

-No. Yo empecé a sentirme preso. Ya no éramos libres de movernos, estábamos confinados. A mí me habían prohibido ir a Buenos Aires. Todo esto empezó a angustiarme mucho. Pero por esa época me llamó Allende a fin de que lo asesorara en determinadas materias, por lo cual abandoné Uruguay, y en Chile estuve un tiempo, hasta que me llamó Velasco Alvarado, poco antes de la caída de Allende. A mí me interesaba mucho el proceso peruano y me tentaba la invitación. 

 ¿Lo tentaba el hecho de que fueran militares los que estaban proponiendo el cambio? 

– Sí, y le voy a decir por qué. Para mí era imposible que en Brasil se llegara al socialismo a través de una vía democrática, a través del voto Pero que los militares llegaran a un régimen nacional y no antipopular era imaginable, era pensable. Entonces para mí se hacía particularmente interesante el contacto con estos militares en Perú.

¿Para qué lo habían llamado, concretamente? 

– Para que me integrara con un grupo que asesoraba a Velasco Alvarado, cuya finalidad era pensar la revolución. Allí estuve un tiempo hasta que estando en Europa de vacaciones, descubro que tengo cáncer de pulmón. Empiezo entonces a hacer ciertos trámites para que me dejen entrar a Brasil a operarme y tal vez, a morir. Pero yo no quería morir nada, quería sobre todo ver a mi madre, ver el país. Volví, me operé, y como demoraba en morirme, me dijeron que me fuera. Por un año volví a deambular por América hasta que en el 77 vino la apertura y yo volví a entrar. Allí empieza otra etapa de mi vida porque empecé a escribir novelas y con este motivo empiezan a considerarme un intelectual en serio.

¿Por qué dice eso? 

-Porque es así, los únicos intelectuales considerados serios son los novelistas. A mí, antes, nadie me preguntaba por el destino del hombre, por el comienzo de la tercera guerra mundial sólo después de ser novelista es que me preguntan estas cosas. El novelista es un intelectual de verdad. Yo lo soy, así que exagere su respeto para conmigo.

Eso haré. 

– Y bueno, acabó la historia. Ahora sí que merezco un café doble. 

El cuarto en una hora. 

-¿Tanto? Creo que usted se equivoca.

Lo que pasa que usted toma café como respira. Yo creo lo toma sin saberlo. Pero, siguiendo, su historia tiene un final feliz. Usted es vicegobernador de Río y secretario de Cultura. Y su amigo Leonel Brizola es gobernador. Cuénteme que ha hecho. ¿Qué ha hecho como secretario de Cultura? 

-He hecho lo que yo soy. Soy el que no se quedó boquiabierto en Europa. No soy un colonizado De cualquier modo hay que permitir que las manifestaciones culturales de procedencia europea, de la llamada cultura erudita, se realicen. Una ciudad como Río necesita ópera, ballet, pero es necesario saber que esa, para mí, no es la cultura. Los imbéciles piensan que si es, y no saben que son géneros desarrollados en el siglo pasado en Europa. Pero no es la cultura, son sólo géneros. Nuestro papel es crear nuevos géneros a partir de la creatividad popular.

Ese concepto de cultura le debe traer no pocos dolores de cabeza. 

-Sí, claro, he vivido en guerra con esos maniáticos que sólo entienden por cultura lo que viene de Europa. Ellos me llaman “el fantasma de la Ópera» pues dicen que entré al Teatro Municipal para acabar con él.

Sin embargo, usted no acabó con el teatro, ni siquiera en el sentido en que ellos dicen. Llevó el teatro al aire libre. Allí fue escuchado por multitudes. ¿Cuándo el pueblo pudo escuchar una ópera? 

– Ellos, debo ser justo, no me reprochan eso, sino muchas otras cosas. Por ejemplo, que llevé al Teatro Municipal a una cantante negra, popular de 83 años. Clementina es una de las grandes del mundo. Para ellos Clementina no puede ir al Municipal. Pero yo creo que hay que educar también a los colonizados.

En Río se habla de las cosas que usted ha hecho al aire libre. Cuénteme. 

-Todos los domingos hay conciertos, óperas, ballet. Los sábados hay lo que yo llamo «brasílíanas musicales», que es un concierto completo de música brasileña clásica. Otra cosa que estoy haciendo es defender de la piqueta las viejas casas de Río. Y esto es algo que le gusta mucho a la gente, porque así tienen la seguridad de que sus nietos y los hijos de sus nietos conocerán esas viejas casas.

También ha hecho algo con Yemanya, la diosa del mar. ¿Por qué la eligió a ella entre tantos dioses? 

– Primero, porque es la más bella y aunque muy coqueta, la amo. Segundo, porque es el acto cultural más importante del mundo moderno. Yo creo que sólo los negros de Brasil pueden haberlo inventado. Se trata de una divinidad africana de las aguas en simbiosis con Nuestra Señora. Un millón de personas, más o menos, intervienen en las ceremonias que se realizan en las playas. Yemanya es una especie de sirena que atrae a los marineros para hacer el amor con ellos. una divinidad que usa rouge de labios y perfumes. La gente va y le da flores y todas esas cosas femeninas, simplemente las echan al mar. Hace mucho, pero mucho tiempo que no hay en nuestro mundo una diosa tan carnal que haga el amor en la playa más linda de la tierra, La Barra de Tijuca.

¿Qué hizo con el gran desfile de Carnaval? 

-Sacarlo de la Avenida Presidente Vargas y llevarlo a otra donde todo el mundo puede gozarlo, no sólo unos miles. Otra cosa importante son los grandes festivales mundiales de música negra. Es esta una manera de asumir que Río es una ciudad negra y la ciudad negra tiene su fiesta. Pero la cultura tiene dos alas, la popular y la erudita. Y también en este sentido hacemos lo nuestro. No debemos quedarnos como papanatas mirando a Europa como si ésta fuera la fuente del sol. La más grande nación latina está aquí. Es Latinoamérica. Con una creatividad que no puede compararse con ninguna nación europea. No se ría. Lo que digo es verdad. 

No me río de lo que dice sino de la pasión que pone cuando lo dice. 

-Sí, eso es verdad, pero gracias a Dios, pues sólo poniendo esa pasión es posible derribar las montañas.

En una palabra, no falta nada, todo está en marcha. Sin embargo todavía no me habló de la niña de sus ojos. 

– La niña… claro, la enseñanza. Los BrizoIones. 

Es evidente que sabe cuál es la niña de sus ojos. Los he visto. Son realmente fantásticos esos enormes edificios proyectados por Oscar Niemeyer.

– Pero fíjese lo que le digo. Uruguay y Argentina tomaron en el siglo pasado la vertiente cívica de la educación. En Uruguay, que conozco mejor, sus maestros podían ser presidentes de la república. La educación era una manera de formar a la ciudadanía. La mejor casa en cada ciudad, la más bella, era para la escuela. En Brasil, con aquella estrechez y mediocridad de visión que tenía el imperio, el pueblo era mirado como algo que no tenía ningún valor. Mire, en nuestro país el atraso fue tan grande que el rendimiento era peor que el de Paraguay, donde el pueblo habla en guaraní y es alfabetizado en español. Lo que caracteriza al gobierno de Brizola es haber tomado, por primera vez, la educación como prioridad total.

¿Cómo caracterizaría a Brizola? 

-Creo que su principal característica es su capacidad de indignación. Niños con hambre, niños sin escuela, lo indignan. Y a esa indignación la sigue el trabajo para modificar la situación. 

Me parece bastante mala la relación entre el gobernador de Río y el gobierno central. 

-Brizola es poco comprendido por los que están arriba, en cualquiera de los sentidos. Somos una sociedad enferma de desigualdad y de indiferencia. A los ojos de nuestras clases dominantes el pueblo es lo que hay de más, deleznable. Su destino y sus aspiraciones no les interesa porque los trabajadores, la gente común, son considerados una mera fuerza de trabajo destinada a ser desgastada en la producción.

¿El gran proyecto que tienen ustedes sobre la enseñanza sería una manera de revertir las cosas? 

-Leer, escribir, contar, es el primer requisito para no ser un marginal. Estamos creando oportunidades para que los hijos de los pobres se integren a la civilización y mañana disputen empleos de igual a igual con los hijos de los ricos. Una escuela como la que teníamos, donde el chico llega con hambre, pasa tres horas, y sale con hambre, sólo puede crear marginales. Nuestros niños han sido preparados con todo ardor para la delincuencia.

Hace tres días vi, a las cuatro de la tarde, en Av. Copacabana y Francisco Sá a un señor de edad que era asaltado por siete u ocho chicos. El mayor tendría diez años. Parecían los enanitos con Gulliver. Le sacaron los zapatos, una Parker de oro, el reloj, la billetera. Como es costumbre nadie se acercó. Los niños abandonados suman millones en Brasil. Duermen en los portales, bajo los puentes Andan en bandadas. Para comer piden o roban.

Usted cree que resolver la enseñanza solucionará el problema. 

-No todo pero sí mucho. Dos cosas impresionan en la educación brasileña: la magnitud de su red escolar pública y su precariedad. Hoy, hay en la condición de alumnos 30 millones de personas. 

Quiere decir que todos o casi todos los niños en edad escolar van a la escuela. Son ciento cincuenta millones de habitantes.

-El producto principal de la máquina educacional brasileña son quinientos mil analfabetos. Río solo produce unos cincuenta mil por año.

Está hablando de analfabetos funcionales. 

-No; si sumamos los analfabetos funcionales, es decir, aquellos que son incapaces de obtener o transmitir una información escrita doblamos el número.

¿Dónde está el problema? Treinta millones de alumnos muestran que la mayoría de los que tienen que ir a la escuela, van. 

-Se trata de una escuela de mentira, que no cumple con la tarea elemental de alfabetizar a la población. En 1980 mientras Brasil tenía diez y nueve millones de analfabetos adultos, lo cual daba un 26% del total, en Argentina había 6% en el ’76, en Uruguay era el diez en el ’78, y en Cuba el tres en el ’61.

¿Dónde están los errores de la escuela brasileña? 

-Se trata de algo más que errores. La causa verdadera no reside en ninguna práctica pedagógica errada, sino en la actitud de las clases dominantes brasileñas para con nuestro pueblo. Nuestro bajo rendimiento escolar está relacionado con la precariedad del tiempo de atención que se le presta a los niños. De hecho, la mayoría de los niños que van a las escuelas públicas no cuentan con ninguna ayuda en la casa. Esos chicos enfrentados a los que provienen de ambientes menos carenciados, son desplazados. Incluso los maestros terminan por despreocuparse de ellos. Porque los consideran incapaces de aprender.

En definitiva, la escuela se transforma en un aparato más de selección. De selección injusta, claro. 

-Se transforma en un aparato selectivo y elitista. El chico que viene de familia pobre, marginada, come mal, a veces tiene limitaciones físicas, vinculadas a su raquitismo. Se mueve mal en la escuela, habla mal. Porque toda su inteligencia está vuelta hacia la lucha por la sobrevivencia autónoma. Aspecto en el que alcanza una eficacia incomparable. El chico que proviene de un hogar con una vida fácil se desenvuelve bien habla la lengua de la escuela es hábil en el manejo del lápiz y en la interpretación de los símbolos gráficos.

El elitismo se daría al tratar como iguales a seres diferentes. 

-Exactamente. En la escuela empieza a funcionar el colador Nuestra tendencia elitista comienza a manifestarse en la escuela primaria. De hecho esta no se estructura para educar al pobre, a pesar de que es el pobre el que constituye la inmensa mayoría de su clientela. Es en definitiva una escuela para el 20% de los que van.

Me decía hace un momento: «Somos una sociedad enferma de indiferencia». 

-Estamos estructurados de manera pervertida. Somos una sociedad que carga dentro de sí cicatrices profundas y malformaciones históricas profundas.

No más que muchos otros países latinoamericanos. 

-Compare lo que hemos hecho nosotros en materia de educación con lo que hicieron Argentina. Uruguay y Chile luego de su independencia. Nuestro descalabro educacional viene desde la colonia. En nuestra colonia nunca se quiso alfabetizar a nadie. Sólo a unos pocos hombres que servirían para el ejercicio de funciones gubernamentales. Y luego tuvimos el Imperio. «Se propuso alfabetizar el imperio? No.

¿Y la República? 

-La República no fue mucho más generosa. Nuestro atraso educacional viene de muy lejos, es una secuela del esclavismo. Fuimos el último país en el mundo en acabar con la esclavitud.

Usted cree que este es uno de los precios que hoy pagan. 

-Eso creo. Algunos dicen que es culpa del capitalismo. Yo les contesto que miren qué ha hecho el capitalismo en América del Norte. Y digo más: si en los Estados Unidos hubiera vencido el Sur en la Guerra de Secesión, los Estados Unidos serían ahora lo que somos nosotros.

¿Qué papel juega el maestro en toda esta historia? 

-El maestro es también una víctima. Mal pagado, se le niega la dignidad que viene del trabajo bien remunerado. A ellos se les pide desvelo y amor mucho más que competencia técnica y voluntad política. Desvelo tienen amor tienen, competencia técnica se aprende, voluntad política se forja. Nada hay más simple, económico, eficaz y accesible que la educación con un buen profesor debidamente capacitado y motivado.

Bueno, cuénteme qué han hecho, qué van a hacer. 

-Primero suprimiremos el tercer turno para que los chicos tengan por lo menos cinco horas de clases diarias. Segundo, estamos abocados a la creación de mil Casas del Niño para preescolares de tres a seis años. Para esto fue creada una fábrica de escuelas que levanta seiscientos metros de escuela por día.

¿Y la niña de sus ojos? Así llama alguna prensa a los Brizolones. 

-Es verdad, es la niña de nuestros ojos. Brizolones es el nombre popular Se llaman CIEPS (Centros Integrados de Educación Pública) Los edificios han sido proyectados por Oscar Niemeyer y son bellísimos. ¿Los ha visto?

Sí, siempre ubicados en lugares pobres y populosos. 

– Eso es. Cada uno consta de tres edificios. Uno con las salas para administración, salones de clase y de estudio dirigido.

Es decir que estudian en la escuela, no con los padres. 

-Que no tienen tiempo ni conocimientos. Es decir, no hay deberes ni nada para hacer en la casa. En el mismo edificio hay además, cocinas y clínicas médicas y dentarias En el otro edificio están el gimnasio y las duchas. En el tercero, una biblioteca para uso de los niños y del barrio Los Brizolones atienden mil niños cada uno. De primero a cuarto, y de quinto a octavo. Llegan a las ocho y salen a las cinco de la tarde En esas ocho horas el chico juega aprende, hace deberes, gimnasia, come y se baña. Recibe tres comidas diarias.

Las madres van a terminar por santificarlo y hacer estampitas con su efigie. 

-Eso es, eso es. Ahora sí que merezco un cafecito bien hecho -dice quitándose el saco, aflojándose la corbata, remangándose la camisa. Los ojos pequeños y oscuros, casi escondidos debajo de unas cejas espesísimas y enmarañadas, parecen despedir chispas-. 

Pensar que hace diez años llegó a Brasil para morirse. (Ríe a carcajadas)

-En estos diez años hice de todo menos morirme. No me gustaba nada eso de morirme.



Fuente: Revista Crisis