¿De qué felicidad habla-blabla-mos cuando hablamos de felicidad por el día del trabajador?

Se reproducen los deseos de feliz día desde aquí hasta allá… Lo cierto es que millones de trabajadores han quedado desempleados en el mundo, y la tendencia va increscendo.

Por otro lado, las personas que trabajan ¿cómo pueden ser felices mientras las condiciones laborales han cambiado hacia un estado crítico y angustioso? El personal de salud se contagia, se enferma y hasta muere trabajando; en mercaditos o supermecados, y hasta el personal de las fuerzas de seguridad también les sucede lo mismo…

¿Y qué le vamos a desear a aquelles que fallecieron por trabajar? ¿Y qué le vamos a desear aquelles que tienen miedo de contagiarse o que no quieren ir a trabajar pero lo hacen por mantenerse vivos o para no perder el trabajo?


La industrialización de la sociedad dividió las aguas del trabajo, aguas en dónde bebemos, flotamos, y nos ahogamos.


Es muy difícil desearle a alguien que trabaja en estas condiciones de pandemia unas «muy lindas felicidades», suena a cinismo, más allá de las buenas intensiones. Porque en sí, un día festivo debe contextualizarse socio-históricamente, no es un reloj, o un sitio para pasear al modo turístico.

Además, el día del trabajador encierra contradicciones históricas imposibles de obviar, desde la esclavitud hasta la revolución domótica, desde la explotatción al siniestro juego especulativo de la economía y las finanzas.

¿Trabajar para vivir? ¿Vivir para trabajar? ¿Morir para trabajar muriendo en vida? ¿Trabajar para enfermarse de trabajo hasta la muerte?


No estamos lejos de desearle feliz día a las máquinas que trabajan por nosotros. No estamos lejos de repetir siempre las mismas gansadas ingenuamente.

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