Vivir y morir entre las cuatro paredes del tiempo, un desafío inquebrantable de interminables secuencias y efímeras sensaciones…

Una de las paredes estaba hecha de segundos, de sólo tocarla cambiaba inmediatamente de color. Había un instante en que si uno se acercaba apreciaba infinitos arcoíris desprenderse de ella, como reboques a punto de caer.

La otra que le seguía era una suave melodía de cuna de minutos, por eso solía dormir apoyado en ella en un plácido sueño reparador.

Dándose la vuelta una y otra vez, veía siempre las mismas cuatro paredes. Pero no se sentía encerrado, era el destino del tiempo el que marcaba el compaz de la espera o la desesperación, mientras la inclinación de las paredes era ese enigma que cada uno tenía que resolver.

La tercera pared se extendía de hora en hora, un salto al abismo de horas no resueltas, horas indeterminadas para no pensar en nada. Horas invisibles formando esa otra pared del tiempo.

Había una concatenación en donde todes estábamos bajo estas cuatro paredes. Nadie podía evitarlo. Nadie se podía escapar de las paredes del tiempo: ni los presos, ni los libres, ni los más afortunados o los menos agraciados.

Finalmente, la cuarta pared. Esa construida a mano con ladrillos de días. Así, a veces, la pared estaba soleada, o nublada o lluviosa. Pared en donde se podía escribir lunes o sábado sin ninguna dificultad. Pared para días festivos, para sentarse o pararse, para ir bien rápido o despacito hacia cada ladrillo del día que pasó o del que está por llegar.

Cuatro paredes sin piso ni techo. Cuatro paredes para persistir o desistir. Cuatro paredes para jugar o sucumbir en la ignominia. Cuatro paredes para rezar o dejarse llevar. Cuatro paredes para sentir al mismo tiempo el principio y el final.



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