Una investigadora del Conicet analiza cómo se modificaron los rituales fúnebres con la pandemia.

Cementerios de ocasión, difuntos que contaminan, deudos que no pueden despedir a sus seres queridos. En este diálogo, la antropóloga Laura Panizo describe en qué consiste “la mala muerte” en un presente de excepción.

“¿Qué hacer con la irrupción de números inéditos de cadáveres en tan corto tiempo? Morgues, funerarias y cementerios de diferentes países se han saturado casi de forma simultánea. En este desborde tanto agonizantes como difuntos no han podido ser acompañados. Estos últimos, fueron a menudo sustraídos a sus familiares”, plantea Laura Panizo, doctora en Ciencias Antropológicas (UBA) e investigadora del Conicet. Entre todas las lógicas que se han trastrocado por la covid-19, los rituales de despedida destacan como una de las actividades más importantes. Los gobiernos del mundo prohíben velatorios y funerales o los reducen a su mínima expresión; al tiempo que las prácticas rituales de estética sobre los cuerpos fueron reemplazadas por otras de limpieza sobre los espacios que intentan evitar la contaminación. Ni los fallecidos ni los deudos son acompañados. Y, ante la ausencia de rito, el duelo queda suspendido. Sobre todo esto habla Panizo, una experta en muertes extraordinarias.

–Usted investiga cómo se modificaron las prácticas funerarias con el coronavirus…

–De manera reciente presentamos un artículo que resume el trabajo colaborativo entre dos equipos de antropólogos, uno de Europa y otro de Latinoamérica. Habitualmente abordamos las prácticas funerarias en contextos de violencia extrema y de muerte en masa. En marzo estábamos reunidos en Marsella y ya advertíamos lo que ocurría con el coronavirus y las modificaciones en los rituales. Así que nos pareció que la coyuntura nos ofrecía una excelente excusa para estudiar a la pandemia a partir de sus fallecimientos extraordinarios.

–¿Qué analizaron?

–Nos empezó a llamar muchísimo la atención cómo se transformaba el tratamiento de los cuerpos. Los profesionales de la muerte se vieron obligados a cambiar sus rutinas de trabajo porque participar de los entierros se convertía en una tarea amenazante por los contagios. Y advertimos cómo esta situación también trastrocaba las actividades que habitualmente realizaban los familiares. Me refiero al velatorio, el entierro, las ceremonias religiosas en caso de haberlas.

—Muchos gobiernos decidieron crear cementerios ad hoc.

–Es cierto, se produce un cambio en la geografía, en el modo en que se administra el espacio urbano. Aquí no lo sentimos tan cerca porque se pretende evitar, a partir de la cuarentena y el aislamiento obligatorio, esa situación en la que los cementerios no alcanzan ante tanta demanda. La del coronavirus es una muerte que desborda, un final individual y colectivo (por su masividad) para el que ningún Estado está preparado. Por eso, desde la antropología, abordamos el concepto de “mala muerte”.

–¿A qué se refiere?

–Puede utilizarse en aquellos casos en que no se realizan las prácticas funerarias habituales, cuando la muerte no es esperada ni acompañada. Me refiero al acompañamiento tanto hacia los muertos como hacia los deudos. Son despedidas interrumpidas, que generan disrupción y conflicto para quienes las experimentan. Y allí se insertan los medios de comunicación, que en cualquier caso buscan traspasar los límites de lo morboso.

–¿La mala muerte solo se relaciona con esta pandemia o también puede ser identificada en otros momentos de la historia?

–Se produjo a lo largo del tiempo, en muchos contextos. Las muertes violentas que no pueden ser experimentadas por los deudos de la manera adecuada estuvieron siempre. Muchas personas las afrontan en sus vidas cotidianas, todo el tiempo, pero con la diferencia de que hoy la covid-19 reúne todas las miradas y dirige la agenda mediática. Son duelos imposibles, fallecimientos que no se pueden procesar ni tramitar. Tampoco se pueden tocar y ello no significa un detalle menor.

–¿Qué quiere decir que “no se pueden tocar”?

–Para que la muerte sea procesada a través de los diferentes rituales y siga su pasaje –es decir que los muertos sean considerados efectivamente como muertos y los vivos retornen a sus rutinas– el cuerpo se tiene que poder tocar, ver y enfrentar. La mala muerte implica una ausencia de este proceso que –tradicionalmente– se cumple; un cara a cara con la persona que falleció y que ya no estará más. En este sentido, advertimos que, en el marco de la pandemia y con cementerios abarrotados, los cuerpos no son tratados de manera adecuada. Las rutinas estéticas que realizan los profesionales del rubro al embellecer a los difuntos antes de la última exposición fueron suspendidas. Es feo prepararse para una mala muerte, sobre todo cuando advertimos la magnitud de la performance que los medios ensayan (música escalofriante, cementerios creados para la ocasión en lugares poco higiénicos y preparados, placas rojo sangre) en un contexto de pandemia globalizada. Son muertes que contaminan.

–¿Cómo convive esta idea con la pretensión de sacralidad que en muchos casos rodea a los rituales mortuorios?

–Tratamos de adaptarnos sobre la marcha a estas nuevas realidades y a los cambios abruptos que se implementan, aunque la muerte no se vive en todos lados por igual. Con solo pensar en la enorme cantidad de heterogeneidades que conviven al interior de nuestro país ya es una muestra suficiente para reflexionar acerca de lo que pasa en relación al mundo. Sin embargo, hemos examinado que en los familiares se genera un vacío por los cambios en los rituales, una sensación de falta. También pasó en otras oportunidades, ya sea con los desaparecidos de la última dictadura, o bien, en Malvinas, un caso que estudié en profundidad. Cuando todo esto acabe llegará el turno de reconvertirlo todo. Me refiero a concluir ese acompañamiento al difunto que no pudimos hacer en el momento del fallecimiento, de intentar reponer de alguna manera esa ausencia. ¿Cómo nos juntaremos a despedir al muerto? ¿Nos reuniremos y celebraremos su vida o lo dejaremos pasar? ¿De qué manera resignificar eso que hoy ocurre de manera abrupta? Son muertes extraordinarias porque escapan a nuestra comprensión, no podemos abarcarlas ni conseguimos entenderlas.

–Sin embargo, puede haber mucha gente que ya no celebra la muerte como en el pasado. Las cremaciones han ganado terreno frente a los funerales más religiosos.

–Sí, pero la cremación incluso –que nos salva de esos momentos incómodos en los que no queremos involucrarnos– implica un tipo de despedida. No importa en realidad cuál sea la práctica, sino la posibilidad de acompañar socialmente ese pasaje en que los vivos pasan a engrosar las filas de los muertos. Con la pandemia, esa chance se ha suprimido y de alguna manera es necesario recuperarla. No poder estar ahí para realizar el saludo final es lo que más impacta a los familiares que, por un lado, no pueden acompañar y, por el otro, no se sienten acompañados.

–Para el famoso tanatólogo Ricardo Péculo “planificamos todo en nuestra vida salvo lo más importante: la muerte”…

–Tradicionalmente, como refiere Péculo, no nos preparamos para la muerte porque preferimos alejarla de la vida cotidiana. Lo vemos como algo que no nos puede pasar a nosotros sino que les ocurre a los otros. No obstante, si hilamos fino hay gente que sí se prepara, por ejemplo, aquellos pacientes que se enfrentan a enfermedades terminales e inician cuidados paliativos. El coronavirus nos tiene aterrados por una muerte que podría ser inminente. A diferencia de lo que sucedía hace poco, con la pandemia comenzamos a temerle a la muerte, a contagiarnos y a que mueran nuestros padres y seres queridos de edad avanzada. El final, el nuestro y el de todos, pasó a estar en agenda cuando antes intentábamos desplazarlo y posponerlo por todos los medios posibles. Estamos ante un cambio muy significativo, hay que estar atentos para poder verlo y actuar en consecuencia.

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