El Covid-19 ha dejado expuestos los graves y eternos problemas que arrastra el país en diversas áreas. El único cambio es que la gente hace más de un mes no sale de su casa.

Además de ser contagioso y letal, el coronavirus se está presentando en la Argentina como un poderoso “Luminol social”. Ese producto que se utiliza en investigación forense para detectar restos de sangre en la escena de un crimen, a simple vista invisibles, es la gran metáfora de aquello que con frecuencia no vemos, pero está continuamente presente y queda en evidencia cuando algo lo provoca. Es lo que ha estado ocurriendo durante los últimos días con la pandemia del Covid-19 en diferentes áreas. Un país con serias dificultades para cuidar a los adultos mayores, a los médicos, la educación en general y el sistema carcelario.

Hay un común denominador, un bajo continuo, que agrupa a todos estos pilares, y que es la improvisación, la falta de planificación y de controles. Es curioso, porque el escenario no podría ser más propicio para las autoridades, con una sociedad confinada en sus casas desde hace más de un mes, aguantando como nunca el encierro eterno y emotivamente sumisa a los planes gubernamentales. Para decirlo de otra manera, la gente está poniendo demasiado de sí en este experimento inédito del distanciamiento social, por lo que la negligencia o la corrupción oficiales resultan doblemente onerosas.

El motín de este viernes en Devoto no hace más que poner en las pantallas de todos los televidentes en cuarentena una crisis del sistema carcelario arrastrada por décadas en el país, y que obviamente combinada con el coronavirus desata un cóctel explosivo y mucho más difícil de controlar que en tiempos de “normalidad”. El volcán venía avisando con pequeñas explosiones, incluso desde el inicio de la pandemia, hasta que la erupción se volvió incontrolable.

Por otro lado está el tema de los adultos mayores contagiados y muertos en geriátricos, una característica de la pandemia que se ha replicado en varios países. Pero una cosa es que esa situación devenga como tragedia (el contagio inevitable a partir del que introduce el virus sin síntomas ni conocimiento de que era Covid positivo) y otra que la escena se desarrolle con personas alegremente afiebradas desparramando la peste entre los más vulnerables. Ahora las autoridades parecen haberse dado cuenta de que allí hay que hacer testeos urgentes.

Otra pata renga que ha quedado expuesta en este último tramo de la crisis sanitaria fue precisamente la de los médicos que no cuentan con los elementos de seguridad adecuados y suficientes para atender a los pacientes y se exponen sobremanera a los contagios. El índice de enfermos de coronavirus entre los trabajadores de la salud es al día de hoy muy alto en el país. Tanto que el ministro Ginés González García lo subrayó como problema grave y manifestó su preocupación. Se parte de un universo de base de pocos médicos, en el que se necesita importar profesionales del exterior y que diezmado por el virus arrojaría un saldo insostenible.

Por último, el elemento que a Alberto Fernández «menos le importa». Lo ha dicho cada vez que pudo. Y es que los chicos vuelvan a la escuela. Está claro que prefiere privilegiar la vida y postergar todo lo que sea necesario el reinicio de clases. La pregunta en todo caso es si esa postergación sin fecha en el horizonte es la única alternativa posible, o puede haber escenarios intermedios en el que sobre todo los alumnos de menores recursos puedan volver a acceder a la contención que sólo les proporciona el colegio. Amén de que la educación a distancia, tal como está desarrollada en el país, no es sólo un amplificador de desigualdades; en el mejor de los casos, es un cúmulo de buenas intenciones. Y en el peor, mero relato.

Así es como dentro de pocos días, el martes 28 de abril, el país cumplirá 40 días de una cuarentena que no terminará. Amparado en las recomendaciones de los expertos en epidemiología e infectología, la decisión próxima a anunciarse será la de seguir adelante con el encierro hogareño. Y es que a la luz de todos los acontecimientos enumerados (sin haber repasado el caos durante el cobro de las jubilaciones en los bancos y el festín de sobreprecios), el llamado a la buena voluntad popular parece ser el único recurso con el que el Gobierno nacional y algunas administraciones locales pueden mostrar resultados medianamente aceptables.

fuente: clarin

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