Si te levantás a la mañana y no sabés que día es, prohibido angustiarse.

Si los chicos te piden jugar todo el tiempo y te exigen presencia, prohibido angustiarse.

Si tu jefe te reclama que le entregues un informe mientras estás en el zoom con la maestra de tercer grado de tu hijo, explicándole un problema de matemática… prohibido angustiarse.

Si prendés la tele y escuchás que no se sabe hasta cuándo vas a tener que permanecer guardado, prohibido angustiarse.

Si te das cuenta que convivís con una persona que definitivamente comenzaste a conocer cuando se decretó el aislamiento social preventivo obligatorio, prohibido angustiarse.

Si sos adulto mayor y sentís que tal vez no puedas volver a salir de tu casa por mucho tiempo, prohibido angustiarte.

Si tu hija chiquitita golpea la puerta y se tira al piso en un berrinche tremendo pidiéndote que la lleves a la plaza, prohibido angustiarse.

Si no tenés trabajo, y por ahora no se puede abrir tu negocio, prohibido angustiarse.

Y así podría seguir describiéndote todas las sensaciones que despiertan estos tiempos sin tiempo, donde la única certeza que tenemos es la incertidumbre. Donde el deseo y la esperanza están entrelazados con el temor y el desasosiego.

Donde te dicen que tenés que entretenerte, tenés que descubrir alguna pasión en vos, tenés que reencontrarte con tu ser, debés crear lazos afectivos y un sinnúmero de mandatos que lo único que te producen es querer meterte debajo de las sabanas hasta que todo esto pase y te levantes como de un mal sueño cercano a una pesadilla.

La angustia es la expresión más extrema del dolor cuando se siente desde la punta de los pelos hasta lo más profundo de tu ser y no siempre tiene un motivo concreto, real del momento presente.

Puede remitir a recuerdos, estar más asociada a la melancolía de un pasado que ya no es o ligada a una ansiedad producto del deseo atolondrado de saber ya lo que vendrá.

El único antídoto posible para contrarrestarla… porque vacuna tampoco hay para ella, es la palabra y poder registrar y conservar la idea de tiempo en el presente. En un aquí y ahora que podamos mirar, acotar y si quisiéramos también maniobrar con cierto margen que permita sentir que sobre algo tenemos algun control. Y así, que los acontecimientos externos, y que en este caso no elegimos vivir como esta pandemia mundial, no invada nuestras propias vidas y nuestros vínculos con los demás.

Dicen que lo que no está prohibido está permitido. Pues bien hagamos uso de ese derecho.

Permitido angustiarse… por un ratito. Permitido llorar… por un ratito. Permitido sentir enojo, impotencia, bronca, pero por un ratito. Permitido tal vez algún grito intempestivo pero una vez por un ratito. Permitido permitirse ser humano, vulnerable, resistente, pero también por momentos con la sensación de estar sin fuerza para seguir así. Y a la vez permitirse en otros momentos, creerse con toda la energía para atravesar airosos estos tiempos difíciles. Son tan validos unos como otros.

Eso sí, estos “permitidos” deben ser utilizados con ciertas restricciones y cuidados. A la manera del portocolo de uso de barbijo, el distanciamiento social y el lavado de manos.

Con responsabilidad, conciencia, solidaridad y respeto por los otros y sobre todo con vos.

Esto significa cuidarte y cuidar, no ejercer «sincericidios” a cualquier precio, no exponer ni exponerte, no vulnerar los espacios ni los derechos de tus convivientes. Sentirte libre de elegir sentirte como puedas, pero sin arrasar nada ni a nadie a tu alrededor.

Que puedas expresar tu malestar o tu angustia , pero con ciertos códigos que te cuiden y cuiden a los que te rodean, para evitar caer en ciertas violencias invisibles, que son acciones, frase o reacciones cotidianas que naturalizás sin darte cuenta y que pueden dejar marcas más o tan dañinas como las que producen los golpes físicos.

¿Te preguntarás cómo se hace para levantar las barreras sin excesos y que esta sensación aparezca sin riesgos? En principio registrándola, dándole permiso para que aparezca y se manifieste pero que no te tome a vos, sino que vos puedas tomarla e interrogarla. ¿Qué tengo que ver yo con lo que me pasa y siento?, ¿qué puedo hacer con esto que me conmueve y cómo puedo seguir…? Porque hay que seguir… y porque esto también pasará.

Y en el mientras tanto lo que sí está prohibido es negarse la posibilidad de sentir, pensar y hablar sobre lo que nos pasa. Hay una fórmula mágica para crear barreras inmunológicas para mitigar la angustia. Y es mantener algún lazo con el otro, el semejante. Es una “vacuna simbólica” que podemos crear, de las mejores.

Esta creación y mantenimiento de contacto ayudará mucho para mitigar algo de la angustia y asi mientras el afuera real sea peligroso, “crear un afuera adentro” para sentirte un poco más acompañado mientras todavía todos… tengamos que esperar para traspasar la puerta real de casa y comenzar a vivir una nueva era que espero sea diferente.

Deja un comentario