Lo que ayer parecía transitorio, hoy se manifiesta con la solidez de una realidad inmodificable. El último anuncio de Alberto Fernández, aún con los matices para cada distrito, parece confirmarlo. ¿Hacia dónde vamos? O mejor dicho: ¿a dónde no vamos a volver?

¿Quién me ha robado el mes de abril?, canta Joaquín Sabina. En abril, la pandemia seguía pareciendo algo que se veía por televisión y pasaba mayormente allá lejos. Pero en esos momentos parecía haber hándicap político para el gobierno, que apeló a una cuarentena estricta para intentar ganar tiempo para robustecer el sistema de salud. Varios estudios de opinión indicaban que la medida gozaba de popularidad entre la gente, en la opción de priorizar la salud sobre la economía, una antinomia que no fue tan así ni acá ni en ninguna otra parte. El poder de transmisión del presidente Alberto Fernández y su liderazgo pasaron por su mejor momento, como capitán de un barco que se preparaba para atravesar la tormenta pero todavía había cielo celeste o sólo con algunos nubarrones en el mar abierto. Hasta se hablaba de que el presidente atraía también parte del votante macrista, que apoyaba sus decisiones iniciales para planificar la conflagración contra el enemigo invisible.

Seis meses pasaron, más de doscientos días de cuarentena. Y es mucho tiempo, más en un contexto en que la realidad y las certezas se derrumban o reformatean día a día, minuto a minuto, mirando al dólar blue que parece no alcanzar su techo, como el número de contagios y fallecidos. ¿Y el pico del que tanto se habló dónde está? Ojalá se encuentre pronto, para dar lugar al decrecimiento en el número de contagios como también se pueda tranquilizar de alguna forma la economía, esa máxima que repite Martín Guzmán.

Reformas judiciales propuestas, Vicentin, pusimos un satélite en órbita, algunas distracciones del monopolio de la opinión pública en torno al virus. Las políticas que se sienten diferentes a la pandemia pecan por ajenas, las que se ocupan del tema pecan de insuficientes. Muchas personas con barbijo pero aumentan los contagios. La cuarentena temprana robusteció el sistema de salud pero obliga a abrir las actividades cuando los casos se espiralizan en alza, su contrasentido, su contraindicación que no se hacía visible en abril, cuando todo parecía estar mayormente bajo control. No seríamos sorprendidos porque teníamos la suerte de actuar con el diario del lunes. Y no lo fuimos del todo, pero por más que lo sepas, que te prevengas, el virus tiene un poder de contagio que lo hace esparcir como la pólvora.

Se arregló la deuda pero el precio del dólar se disparó vertiginosamente. Hubo que emitir lo que la economía no generaba, como esa sentencia que dice que el remedio es peor que la enfermedad, pero aún así es necesario. Porque muchos argentinos necesitaban el Estado presente, e intentó con todos sus problemas estar. Conservar los puestos de trabajo aunque no pudiera evitar el derrumbe del poder adquisitivo de los laburantes. Existir, luego veremos cómo. Sobrevivir es la cuestión, después veremos si se puede ganar más, el juego pendular de la CGT entre el equilibrio intentando asegurar gobernabilidad y la postergación de la beligerancia en las demandas. Desensillemos hasta que aclare. Trabajadores ocupados, con sus salarios decreciendo, cuando no pobres directamente desde el momento en el que el cierre de su empresa los vomitó a la calle. 

Un resultadista puro te dirá: mucho IFE, mucho ATP, pero la pobreza superó el cuarenta por ciento. Se robusteció el sistema de salud pero se superaron los veinte mil muertos. Una lectura demasiado simplista para estos tiempos excepcionales. El mundo entero atraviesa la crisis sanitaria y la económica yendo de la mano, y es justo reconocer también que nuestro país no tenía mucho resto luego de dos años de recesión y mega-endeudamiento, herencia de la gestión anterior. Pero el hilo de buscar culpables no nos llevará a ningún lado, porque el capitán está ahora en el barco y debe actuar con responsabilidad aunque el anterior no hiciera demasiado para reparar las averías de la nave, más bien todo lo contrario. En medio de la tempestad, inventar algo; girar a babor o a estribor, e imaginar también un cielo celeste, la posibilidad de una salida.  

Probablemente se transcurre el peor momento. Toma cuerpo la sensación de que el gobierno es un malabarista al que le lanzaron veinte clavas al aire y algunas se van a caer. Las conferencias de prensa de extensión de la cuarentena de abril difieren mucho de la última, una exposición un tanto desordenada huérfana de precisiones. Dieciocho localidades tendrán restricciones, anunció el presidente, pero no enumeró cuáles, en ese mapa insondable de las ciudades del interior para los habitantes de eso que se llama AMBA. Que los casos se distribuyeron lamentablemente hacia lugares que no cuentan con el mismo sistema sanitario que las grandes urbes del país. Que el desafío no es sólo que existan camas, sino también personal de salud capacitado. La necesidad de que el país sea una unidad compacta, que no brinde flancos para que el virus no pueda desbordarnos. ¿No había respiradores en Mar del Plata? Avión sanitario trasladando al paciente hacia el sanatorio Antártida en la Ciudad de Buenos Aires. ¿Faltan terapistas en Jujuy? Córdoba los envió y Morales agradeció al gringo Shiaretti. Que la vida de cada argentino sea lo primero, al margen de las lecturas o especulaciones políticas que puedan hacerse de esos eventos.

Pero lo que aparece claro es que los anuncios de la cuarentena muy extendida perdió crédito político, como si se exteriorizara el hecho de que sólo se tienen para brindar malas noticias o mostrar resultados que cada día son más inciertos y las comparaciones con otras latitudes probablemente menos favorables. ¿Y entonces? La ruptura o el ensamble forzado y distanciado del triunvirato político que anunciaba la extensión de cada fase de aislamiento. Traigo aquí una metáfora futbolera: nadie quiere aparecer en la foto junto a J. J. López descendiendo en el Monumental. En anteriores oportunidades, se apeló incluso a materiales audiovisuales editados y hasta poniendo la voz otra persona. Sin margen casi para apretar el botón rojo (salvo en algunas localidades del interior) y teniendo que dar luz verde a algunas aperturas.

El sistema de salud permanece en tensión, sobreexigido, al límite, pero puede decirse que no colapsó. La escena tan temida que traía el relato de las personas que mandaron a morir a sus casas sin atención por haberse saturado el sistema de salud en otras latitudes no ocurrió, por lo menos por ahora. Tal vez en localidades alejadas y con sistemas de salud menos robustos que el AMBA el riesgo de que esto suceda es mayor. El sentido último, fundante de la cuarentena, es que a nadie le falte la atención adecuada si cae en la desgracia de contraer el virus. Es bueno recordar que ese fundamento sigue en pie, aún en medio de la borrasca. Es mirar la mitad del vaso lleno, es algo. Por algo se empieza: que abril ya no va a volver.


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Sebastián Giménez

Escritor, trabajador social y profesor de enseñanza primaria. Publicó tres libros. El último tren: un recorrido por la vida militante de José Luis Nell (ediciones digitales Margen, 2014); Veinte Relatos Cuervos. Alegrías y tristezas de vivir una pasión (2018, versión digital en Portal San Lorenzo WebSite) y Los años del macrismo y una salida inesperada (ed. Digitales Margen, 2019).



Fuente: Oleada.com.ar

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