Lo invisible de la presencia ausente. Creíamos haberlo visto todo, pero la ceguera se apoderó de nosotros. Empezamos a lavarnos las manos como locos. Nos dijeron que el fantasma era pegajoso. Yo lo vi por primera vez hace treinta y cinco años en un auto-cine en Córdoba. Fue mi primer película vista en un cine, y en este caso fue al aire libre.

Recuerdo que estábamos con mi mamá, mi papá, mi hermana y mi hermano. Todos adentro del Peugeot 504, un tanque. En aquel tanque en dónde mi papá me enseñó a manejar. Sentado en su falda, agarrando el volante con fuerza por los desiertos de la Rioja. Yo tenía apenas cinco años, el más pequeño cuando fuimos a verla. Y cuando terminó la película casi nos llevamos el parlante que estaba colgado en la ventana de la puerta trasera.

La verdad es que algo me alivia al recordar los cinco juntos, la familia unida. Hoy, lamentablemente ya sin mi padre, con mi madre enferma y mis hermanos lejos aunque en contacto.

El fantasma es una extraña creación, parece que está pero no está al mismo tiempo. Un verdadero espectro que se bambolea entre lo real y lo imaginario, entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Tener la propiedad pegajosa de adherirse a las superficies y no verlo. He ahí el desafío de todos nosotros que, sin quererlo, nos transformamos en Cazafantasmas. Cada uno desde su casa, o si nos toca salir. Un estado de alerta permanente por un diminuto organismo que nos vino a trastocar la existencia…

El personaje pegajoso de la película me hacía reír, este que nos acecha me preocupa, nos preocupa y ocupa. Pero, en el fondo nos transformó en los Cazafantasmas y vuelvo a reír, vuelvo a tener esperanzas de que todo esto va a pasar…

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